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ISSN 1989-4163

NUMERO 46 - OCTUBRE 2013

El Caso del Asesino que Obligaba a sus Víctimas a que le Orinasen en el Pie

Jesús Zomeño

A Beatriz Segura

El asesino obligaba a sus víctimas a que le orinasen en el pie, antes de matarlas.

Watson advirtió a Holmes que eso era imposible, porque bajo la presión del miedo las mujeres no hubieran podido limitar el esfuerzo a la orina y también hubiesen defecado.

Holmes estaba seguro que lo segundo no había ocurrido en los escenarios de los crímenes, aunque ignoraba el método del asesino, Alexander Mackenzie, un escocés bajito y grueso, que con cincuenta años aún dependía de la asignación de su madre, en espera de heredarlo todo.

Watson estaba orgulloso de haber visto algo que a Holmes le había pasado desapercibido. Sin embargo, éste advirtió la euforia de Watson y decidió ir más allá, para no dejar el tiempo detenido en su derrota.

-Coja el sombrero, Watson, vamos a la prisión de Holloway.

Cadell Evan estaba adormilado en su puesto, porque tenía una pesada digestión. Demasiado tocino asado y sopa de garbanzos con puerros. Había ido a casa de la viuda de su hermano, Marie, a llevarle un paquete con comida para los críos, pero siempre se quedaba a comer.

Piensa, a veces, que come más de lo que aporta, pero no lo puede evitar. Esa casa le gusta más que la suya. Su esposa siempre tiene unos enormes dolores en el costado y una infección en la vagina, que huele muy mal. Lo cierto es que esa peste y lo que segrega son el efecto de un ungüento de ajo con manteca, pero eso él aún no lo sabe. Se trata de un viejo truco de Gales para espantar a los hombres.

El carcelero Cadell Evan desearía que su esposa muriese, para trasladarse a vivir con su cuñada. En ello estaba pensando cuando se acercó el sargento O'Rourke, con dos visitantes para les abriera la celda 224.

Cuando escuchó el nombre de Sherlock Holmes, Evan no sabía que el destino les deparaba un encuentro. Instintivamente, le tendió la mano solamente a Holmes, el reto quedaba en el aire, la partida había comenzado.

Watson tenía prisa. Le molestó que el carcelero no le diese la mano a él, pero allí olía muy mal y prefirió no darle más vueltas a la cuestión.

Era fácil identificar a Mackenzie entre todos los que ocupaban la celda, porque estaba leyendo un libro. Le agradó la visita y aceptó la propuesta, no tenía nada que perder. Cogió el paquete de picadura de tabaco que le ofreció Holmes y lo dejó a un lado. Tenía mala fama en el presidio, nadie se atrevería a tocarlo.

-Holmes, convencí a las mujeres para que lo hicieran por humillarme. Ellas no podían resistirse a mi propuesta: orinar sobre el pie de un insignificante hombre calvo, gordo y bajito. Yo las convencía para que lo hicieran por gusto y, de hecho, se reían y disfrutaban. Les excitaba porque no sabían que después yo las iba a matar.

 

Holmes

 

 

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